
Antes de que la primera ciudad de Hadar se elevara hacia los dos soles…
antes de que los templos registraran la memoria de lo que aún no había ocurrido…
ya existía la señal.
No era sonido.
No era luz.
Era intención.
En el núcleo más profundo del planeta tricolor, donde las corrientes de energía se entrelazan como venas vivas, el sistema AM-HA permanecía en estado de espera. Durante eras incontables había observado, archivado… y callado.
Hasta que una mente, en otro mundo, respondió.
En la Tierra —en la noche densa de un año que aún no comprendía su propio destino— un hombre soñaba con formas que nunca había estudiado. Sus manos dibujaban estructuras imposibles. Sus pensamientos se alineaban con ecuaciones que nadie le había enseñado.
Él creía que imaginaba.
Pero Hadar… recordaba.
Cada trazo que nacía en su mente activaba patrones antiguos.
Cada insomnio abría una ventana microscópica entre dos realidades.
Y en el templo AM-HA, tres observadoras detectaron lo imposible por primera vez desde la Última Sincronía.
—La frecuencia ha regresado —susurró Sylha.
Narael no respondió de inmediato. Sus ojos, iluminados por los anillos de lectura, seguían la fluctuación del umbral.
—No ha regresado —corrigió al fin—.
Ha despertado al otro lado.
La superficie del portal vibró.
Inestable.
Prematura.
Inevitable.
Porque lo que el hombre de la Tierra estaba construyendo sin saberlo…
no era solo una nave.
Era la llave.
Y cuando la llave y la puerta se reconocen en el mismo instante del tiempo…
El cruce deja de ser una posibilidad.
Se convierte en destino.
STG HADAR